Es lo que toca en estos tiempos. O eso parece. Pero si se trata de sufrir, hay que elegir. La vida es lo que es, pero también lo que hacemos con lo que es. Se puede elegir sufrir de una forma sumisa, triste, gris, o se puede elegir sufrir con alegría. Hacer del sufrimiento una fiesta. Fair Play, que dirían los hijos de la Gran Bretaña.
Al mal tiempo, buena cara.
Igual no es malo, después de todo. Sacudirnos tantas cosas inútiles. Objetos, rutinas, prisas: las mil y una cosas que hacemos cada día para perder nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestra paciencia, nuestro humor, y nuestra salud. Igual es el momento de rescatar la calle, el sol, los largos paseos. Los parques, el ocio gratuíto de los funambulistas y cuenta chistes, de los músicos ambulantes. Las tardes alargadas en un parque, con un puñado de amigos y algunas bolsas de pipas. Igual es tiempo de volver a cocinar a la manera antigua: estirando cada receta, reciclando, haciendo maravillas con cuatro pesetas: como esas abuelas inmortales que pasaron por todas nuestras vidas.
Igual hay que volver a coser, o aprender si no se sabe. Volver a las rodilleras, a los remiendos, a las reparaciones domésticas. A entrenar nuestra imaginación para usar un objeto de mil formas. Nos exprimen, sí. Estos hijos de puta que han llenado nuestra vida de humo, y ahora encima nos quieren cobrar por él. Pero si nos exprimen, exprimamos la imaginación. Exprimamos la vida.
Si toca sufrir, aprendamos a hacerlo con dignidad, con sentido del humor, con alegría. Yo de momento voy a enseñar a mis hijos que sí, que del sufrimento se puede hacer una fiesta. Y para empezar, nada mejor que llevarles al olimpo del sufrimiento festivo. Si hay que sufrir, que sea con alegría coño...