18 de marzo de 2011

Carta abierta a mis hijos, y a los tuyos

No me creeréis, pero cuando yo tuve dieciocho años, hice cosas que ahora os resultarán increíbles. Cosas que vosotros no podréis hacer jamás.

Podía acampar casi en cualquier lugar, y dormir al raso en Parques Naturales, junto a los lagos de Covadonga, o en la laguna de Peñalara. Bañarme en las lagunas y en los ríos, y perderme por cualquier monte con un grupo de amigos. En cualquier bar, a cualquier hora, podía comer tortillas con huevos DE VERDAD.
En una carretera adecuada, podía circular a 140 kilómetros por hora, incluso sin cinturón, bajo mi propia responsabilidad. También podía festejar con los míos una boda, o una comunión, tomar unas copas, y estando bien regresar despacito y con cuidado. Viajaba sin que nadie mirara mi cuerpo desnudo a través de una máquina, y podía llevar en mi equipaje de mano líquidos y refrescos. En la playa, disfrutaba cada verano de la sensación incomparable de tomar una jarra helada de cerveza sobre la arena, bajo el tejadito de brezo de un chiringuito.
Cuando fumaba, lo hacía en cualquier sitio sin que nadie esgrimiera una mirada intolerante de fanático. Y cuando dejé de fumar, podía disfrutar de aquellos amigos que todavía lo hacían sin que ellos tuvieran que abandonar la mesa o la barra.
Escuchaba música en cientos de conciertos, o disfrutaba de partidos de fútbol compartiendo un mini de cerveza con mis amigos. Y si tenía algo que celebrar, podía pasarme la noche entera en su compañía, porque había cientos de sitios que no cerraban hasta la madrugada.
En mis campamentos de verano, o en mis excursiones del instituto, mis monitores y profesores podían hacerme fotos o hacérselas conmigo, porque en ese tiempo nadie era tan retorcido como para pensar que el mundo está repleto de pederastras. Conservaba también, por la misma razón, viejas fotos mías de bebé en las que estaba completamente desnudo.
En las largas noches de verano, nadie me daba miedo, o sólo me daba miedo quien podía hacerme daño de verdad. El miedo a las cosas en general, a las razas en particular, a las noticias, tremendistas, no existía todavía.
Crecía con la tranquilidad de saber de un modo incierto pero certero, que mi vida sería mejor que la de mis padres. Podía estudiar y prepararme en una universidad pública y gratuita de calidad, y dejar un trabajo si alguien intentaba ser injusto conmigo. Y encontrar otro.
Cuando íbamos al médico, todos sabíamos qué era una sala de espera, pero nadie sabía que era una lista de espera.
Las casas tenían un precio razonable, y cualquiera que costara más de 100.000 euros era sin duda una mansión. Cualquiera que estuviera dispuesto a esforzarse y aprender podía trabajar, y cualquiera que trabajara, donde quiera que trabajara, podía vivir sin apreturas, tener su casa, su coche, disfrutar de su tiempo libre, ir de vacaciones...

Hubo un tiempo, os lo juro, en que las cosas fueron así. Un tiempo no muy lejano. Y ahora, cuando lo pienso, me espanta la certeza casi absoluta de que no podréis vivir jamás algunas de esas experiencias. Y me asalta la terrible sospecha de que tal vez vuestra vida no pueda ser nunca mejor que la mía. Incluso de que no pueda ser ni tan siquiera parecida. Y en la medida en que sea responsabilidad mía, os pido perdón en mi nombre y en el de todos. Y ya de paso, y aunque esta carta es vuestra, os pido permiso para mandar una pregunta en vuestro nombre a todos los hombres y mujeres de mi generación. Una pregunta sencilla, corta, rotunda:

¿Cuándo vais a reaccionar, imbéciles?