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8 de noviembre de 2012

De lo humano y lo divino

Se equivoca de nuevo la Iglesia arremetiendo contra personas de forma gruesa y genérica, no por su bondad o su maldad intrínseca, sino por su mera pertenencia a un colectivo. Se equivoca, y evoca en su error el eco de otros errores históricos, dramáticos. Errores, justo es reconocerlo, felizmente superados, o casi. Etiquetar al otro y señalarlo -tanto da que el otro fuera el judío, el científico, o el musulmán-, lejos de cimentar los principios fundamentales del cristianismo, condujo siempre a la oscuridad y al desastre. Porque nada hay más contrario al amor por el prójimo que no mirar al prójimo. Que no estimarlo por lo que es en sí mismo, en lo profundo, sino por su mera externalidad.

Así, cuando el señor Camino señala hoy que los niños tienen derecho a tener padre y madre con independencia de los tribunales, lo hace no tanto con la vista puesta en el derecho de los niños, sino en el no derecho de según que padres. Y se equivoca. Se equivoca porque la mera frase es en sí misma contradictoria en sus términos: no se puede apelar a un derecho con independencia de la justicia, porque la justicia es en último término quien garantiza el derecho. Pero se equivoca además porque confunde el mismo concepto de derecho. Tanto da que hablemos de justicia humana o de justicia divina, un derecho, señor Camino, es la garantía de un bien. Nada más. Y nada menos.

La salud es un derecho. El amor es un derecho. La vida es un derecho. Porque quien tiene vida, quien disfruta de la plenitud de su salud, quien es amado, disfruta en los tres casos de un bien. Un bien absoluto, en cualquier caso en que se de, para cualquier persona. 

Pero la mera filiación respecto de un padre y una madre, señor Camino, por sí misma, no garantiza ningún bien. Y si no garantiza ningún bien, podrá ser en todo caso una preferencia suya -respetable como cualquier otra-, pero en ningún caso un derecho. No hace falta hurgar mucho en la historia ni en las hemerotecas para descubrir la trampa: niños con padre y madre desatendidos, ultrajados, explotados, abandonados, violentados, utilizados como arma arrojadiza entre las partes, asesinados incluso por ese padre, por esa madre, o por ambos. Cientos de miles cada año, desde el principio de los tiempos, por todas partes.

Los niños, señor  Camino, tienen derecho a ser amados. A ser cuidados. A ser queridos. Y lo tienen con independencia de cuál sea la fuente de esos bienes. Y las personas, señor Camino, tienen derecho a ser respetadas por su mera condición de ser personas. Sin distinción y sin prejuicios.

Y contra esos prejuicios, la receta es un principio con el que siempre estuve de acuerdo. Uno que usted, precisamente usted, debería conocer muy bien: No juzguéis y no seréis juzgados.