Hace apenas una semana Slumdog Millionare recibía ocho oscars. Para sus estrellas infantiles, cinco días del mejor glamour y lujo que Hollywood sabe dar, Disneyland incluido. Más tarde, en Mumbai, los niños fueron recibidos como héroes. Y luego... Luego nada. Los perros del suburbio, de vuelta al suburbio.
Azharuddin Mohammed Ismail y Rubina Ali, dos de esas estrellas, ya viven en sus carnes las consecuencias. El primero fue golpeado por su padre el viernes, y cayó enfermo el domingo. Quizá se trate de una maniobra del padre. Quiere más dinero. Vive en una choza, tiene tuberculosis, y tal vez utiliza a su hijo para ordeñar la vaca de Hollywood. Rubina sigue llevando el vestido azul de la ceremonia. Se siente una princesa. Una princesa con siete vestidos y cuatro pares de zapatos en medio de la nada. Dice -con esa verdad sin fisuras que sólo tienen los niños y los desahuciados- que no quiere dormir nunca más en el suelo, y que quiere vivir en un lugar en el que el aire no huela a mierda. Ahora que ha visto el cielo, ya no quiere seguir en su particular infierno. Nosotros entretanto ya tenemos la película, una manera cómoda de echar unas lagrimitas entre palomita y palomita, mientras pensamos en nuestro gran corazón. Eso sí, calentitos y sin malos olores.
Y mientras, ellos... ¿a dónde irán con toda esta locura a cuestas? ¿a quién le importa? No son los suburbios los que apestan; es el mundo.
Y mientras, ellos... ¿a dónde irán con toda esta locura a cuestas? ¿a quién le importa? No son los suburbios los que apestan; es el mundo.
La historia, en Huffingtonpost.


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