No está muy claro si ocurrió de verdad, o sí Mateo evangelista extrapoló la historia de Moisés para enganchar a más judios a la nueva droga. En cualquier caso la gente lo creé. Y como lo creé lo conmemora. Una matanza bestial de niños a manos de Herodes. Eso celebramos hoy haciendo la puñeta a diestro y siniestro. Muy humano todo. Muy propio.
La diferencia con años anteriores, empero, es que dos mil once no ha tenido un día de los inocentes, sino trescientos sesenta y cinco. Y dos mil doce pinta igual o peor. Trescientos sesenta y cinco días en los que los mercados, los corruptos, los sinvergüenzas profesionales, la crisis, el paro, las agencias de (des)calificación, la prima de riesgo, y su puta madre, nos han estado colgando monigotes sin parar día tras día. O nos han tomado por monigotes. O las dos cosas.
Y aquí estamos, entre dos años funestos, aguantando el chaparrón, y celebrando que hace dos mil años un lider mundial hijo de puta exterminó presuntamente a todos los niños de Judea. Justo ahora, cuando otros que tales están a punto de exterminar si no a nuestros hijos, sí al mundo que el sudor, el sacrificio, y el esfuerzo de tres generaciones habían preparado para ellos. Curioso. Hay cosas que nunca cambian. Feliz día de los inocentes monigotes...



